Monday, 23 January 2017 18:36

ESPERANZA

Jorge Antonio Ortega Gaytán

Las pasiones son los viajes del corazón”.

 

Paul Morand

 

En ese instante... el universo confabuló y no entendí las señales. Me dejé llevar por esa sensación de soberbia que nos acompaña desde que nacemos, esa emoción que sublima el alma, que nos hace ser humanos.

Cruzamos un saludo gesticular, luego una sonrisa y de inmediato… un hola.

-¿Te conozco?

- ¡Claro que sí!, contestó de inmediato.

Conversamos unos minutos, los más intensos de mi existencia, mi palpitar retumbaba, excitación total e incontrolable. El tono de su voz se incrustó en mi cerebro, su mirada me hechizó. Escuchaba cada palabra sin perder el movimiento de sus labios, estaba hipnotizado, cual roedor frente a una serpiente, previamente a ser deglutido.  

-¿Cómo te sientes?, me preguntó con vehemencia increíble.

No logré pronunciar palabra alguna, estaba embelesado con su prestancia. Solo un gesto de aprobación logré ejecutar con un tremendo esfuerzo sobrehumano. El cuerpo no me respondía. Tomó mi mano izquierda y su vista se quedó fija, interpretando las señales de mi palma izquierda, la que está conectada en directo al núcleo de nuestras pasiones.

Suspiró profundamente y su aliento me congeló. Con su índice derecho recorrió cada línea de mi existencia, lentamente… con la paciencia exacerbada. Cuando terminó de examinar mi pasado y el porvenir, sonrió sarcásticamente para sus adentros.

-¡Estoy condenada a vivir a tu lado!, me susurró.

Recordé de inmediato que en alguna oportunidad escuché a un sacerdote decir con seriedad absoluta: “Dios pone signos en tus manos, para que sepas por adelantado de tus obras”, pero en mi caso, quién sabe… estaba aterrorizado, esta situación no la vi venir, lo único sensato que se me ocurría era desaparecer o correr, correr sin ver hacia atrás, para no ser otra estatua de sal. Pero era imposible, estaba paralizado, de hecho congelado, sujeto a sus manos. ¿Cobarde o timorato?, era la dicotomía de aquel momento. Creía estar preparado, de hecho lo había deseado en varias oportunidades, pero fue en ese instante que la excitación me carcomió el tuétano.

Con un impulso involuntario la besé con desesperación, con el deseo reprimido durante toda mi vida. Llegó el momento anhelado. La abracé con fuerza y no separé mis labios de los suyos, su respiración y su palpitar se acompasaron con los míos. Mis manos recorrieron su humanidad y ella me estrujó con todo su ser. Mi corazón no encontraba la razón y desbocado me conducía por los deseos y temores del instante.

Ciego por la excitación y de la mano de ella, caminamos sin rumbo por los laberintos de los recuerdos, disfrutando de la felicidad del encuentro mezclado con el temor por la incertidumbre del porvenir.

-Siempre estaré contigo, me murmuró entre pequeños besos y una que otra caricia.

-Pero… ¡hoy no!, me equivoqué de día, aún te quedan años por vivir, ¡bobo!, tienes que aprender a tener paciencia, y me volvió a besar.

Quedé boquiabierto.

Y luego, se fue sin decir adiós, la hija de puta.

¡La muerte no tiene madre!

 

Recordé de inmediato que en alguna oportunidad escuché a un sacerdote decir con seriedad absoluta: “Dios pone signos en tus manos, para que sepas por adelantado de tus obras…”.

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