Monday, 15 May 2017 08:31

Libertad

 

Por Jorge Ortega Gaytán

 

La tarde se estaba oxidando y Libertad corrió hacia los brazos del hombre de su vida, con quien soñaba desde niña y a quien deseaba más de lo que su corazón le permitía; la sangre le corría incandescente por todo el cuerpo como un río desbordado de lava, el brillo de sus ojos era increíble, nunca en la vida aquel hombre había visto unos ojos tan bellos y al mismo tiempo tan atribulados entre el amor, la curiosidad y el odio…

 

Se encontraron en el lugar y la hora acordados, se tomaron de la mano y se fundieron en un beso con el deseo a flor de piel. Se palparon como lo hace el pulpo con su pareja. Le besó el cuello provocando que sus senos lucharan por salir de su prisión; ella, disfrutando de las sensaciones, los liberó avivando aún más los deseos de la carne.

El vehículo, como en automático, los llevó al lugar más solitario y silencioso de aquella población. Ella, con el dorso descubierto, y él a reventar por la excitación, la levantó en peso, la besó donde nunca la habían besado, fue una situación inesperada para aquella virgen quien gimió no de placer sino de miedo, dolor y pudor. Como no tenía ni idea de cómo se perdía la virginidad, se dejó llevar por los movimientos de su cuerpo sin control.

Con los últimos pincelazos de luz y en una posición poco ortodoxa, entregaba su virginidad al susodicho que no logró llevarla a la gloria, ni mucho menos la hizo tocar las estrellas como le había ofrecido tantas veces antes de encaminarla por aquel desfiladero de emociones y prejuicios. Estaba adolorida, sudada, semidesnuda y de su entrepierna corría un hilo de sanguaza pegajosa; respiró con fuerza y se incorporó tratando de encontrar el pudor ante la mirada morbosa de los difuntos que disfrutaron en la penumbra de las contorciones de su espectacular cuerpo. A los fallecidos beneficiados con el espectáculo vespertino, no les quedó más remedio que pedir su resurrección inmediata.

A los dos se les olvidó que el cementerio cierra sus puertas a las seis de la tarde, que la visita o estancia está prohibida, se besaron en complicidad por el descuido. Ella se sentó en una cripta acompañada por un ángel de mármol que la observaba sin inmutarse, con suma delicadeza deslizó su ropa interior entre sus piernas para no dejar evidencias de su travesura de adolescente jugando con fuego, la acomodó entre sus manos y se la entregó al hombre que eligió para el momento más importante del inicio de su vida como mujer, realmente por su mal desempeño y poca delicadeza en el acto, él no se merecía aquel trofeo. El crepúsculo llegó de golpe y la noche se precipitó en un dos por tres en la necrópolis.

Del fondo del camposanto observaron un destello de luz como cuando se enciende un cerrillo. En una milésima de segundo el rostro de aquella mujer quedó salpicado de sangre, al igual que la del ángel de mármol que la protegía.

El guardián confundió a la pareja con saqueadores de tumbas y disparó en resguardo de los difuntos y de la vida propia. Cuando llegó la autoridad encontraron al individuo en posición boca arriba con una herida provocada por arma de fuego en el cráneo, con orificio de salida en la órbita ocular derecha y los brazos extendidos.

En el parte de la policía describen sus pertenencias, entre ellas una prenda íntima femenina con manchas de sangre, semen y el aroma natural femenino. Ella fue procesada por encubrir al susodicho en la transgresión hacia los difuntos.

Todos se enteraron del día en que ella perdió la virginidad y la libertad.

“En una milésima de segundo el rostro de aquella mujer quedó salpicado de sangre, al igual que la del ángel de mármol que la protegía.”

 

 

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